UN HIMNO A LA MUJER
Si tuviera que decir en una sola expresión lo que ha significado Nuestra Señora de la Caridad, Congregación Religiosa fundada por San Juan Eudes, durante estos primeros cien años en México, lo sintetizaría así: “Un himno a la mujer”.
Hace 359 años el apostolado de las Religiosas de Nuestra Señora de la Caridad resuena como un himno de alegría y de esperanza paras las mujeres explotadas y marginadas de todo el mundo. Hace 100 años este himno se interpreta en México como canto jubiloso.
Ellas han sido una canción de amor,
un concierto de alegría,
un festival de esperanza, durante 100 años, para la mujer mexicana.
No lo podemos negar, las Religiosas de Nuestras Señora de la Caridad, fundadas por san Juan Eudes son un himno a la mujer
JUAN EUDES CANTO AYER LA HISTORIA DE UNA MUJER MEXICANA
1. “En la ciudad de México,
2. una pobre mujer hacía doce años tenía su esposo lejos y nadie le prestaba ayuda, un día cuando estaba llena de mucha tristeza,
3. se dirigió a la consoladora de los afligidos, orándole así: Santa Virgen, tú tiendes la mano a los que te suplican: ¿Me dejarás sola sin ningún socorro? He escuchado decir, y lo creo, que tienes más amor y ternura por tus hijos que cualquiera otra madre por los suyos.
4. Estoy cierta que si la que me trajo al mundo me viera en este estado en que me encuentro, tendría compasión de mí y no me dejaría sin asistencia.
5. Con mayor razón debo esperar de tu corazón maternal alivio para mi necesidad.
6. Cuando terminó de hablar, empezó a sentir el amor maternal de la virgen, empezó a sentir un gran ánimo en su corazón y una inmensa alegría que la acompañó a lo largo del resto de su vida”
(OC VII, 474-475)
1. En México: Muy pocas noticias tenía san Juan Eudes del nuevo mundo. Cuando él nació apenas se había completado el primer centenario de la llegada de Cristóbal Colón a nuestras tierras. Y las noticias que tenía eran más bien alarmantes. Sabía que el obispo de esta tierra era Juan de Zumárraga, y sabía que los indios adoraban al Sol como a su Dios. Al sol sacrificaban los corazones de sus hijos, en una ceremonia cruenta y dolorosa. Si esto sucede con los corazones de los niños para ofrecerlos a Dios, cuánto más, dirá él, debemos hacer con nuestros corazones: ofrecerlos al verdadero Dios. Darle nuestro corazón a Dios, o mejor dicho, ponernos el Corazón de Cristo, recibir en nuestra vida el Corazón de Dios
“El muy religioso prelado Juan Zumárraga, primer arzobispo de la ciudad de México, atestigua en una carta que escribió a los sacerdotes de su Orden, reunidos en Toulouse, en 1532, que antes que los habitantes de la ciudad de México se convirtieran a la fe, sacrificaban cada año a más de veintemil niños y niñas, les abrían las entrañas para arrancarles el corazón y quemarlos sobre el carbón a manera de incienso. Si en la ciudad de México se hace eso cada año con veinte mil corazones de niños, piensen cuántos corazones se sacrifican cada año en todo el reino de México.
Nosotros adoramos a un Dios que no nos pide cosas difíciles. El nos pide nuestro corazón, pero él no quiere que nos lo saquemos del pecho para ofrecérselo, él se contenta con tal que le demos nuestros afectos, especialmente dos, amor y odio: Amor para amarlo con todas nuestras fuerzas y por encima de todo; odio para odiar el pecado. Si rechazamos darle nuestro corazón a Aquel que nos lo pide desde siempre, de manera tan fácil y dulce, y a quien le pertenece nuestro corazón por tantos títulos, todos esos habitantes de América que han sacrificado los corazones de sus niños se levantarán contra nosotros y nos condenarán el día del juicio. !Qué confusión para nosotros cuando el verdadero y legítimo Rey de nuestros corazones nos muestre a los indios y diga: miren a esta gente que han arrancado el corazón del pecho de sus pobres niños para inmolarlos a su dios, y ustedes me han rechazado los afectos de su corazón!
Démosle ahora entera e irrevocablemente nuestros corazones a Aquel que nos ha creado, a Aquel que nos ha rescatado y que nos ha dado tantas veces su propio Corazón”. (OC VIII, 266-267; y 439-440)
Junto a estas noticias, Juan Eudes supo de una pobre mujer escuchada por la bella y gran mujer, la Madre de Dios, quien siempre se manifiesta como alguien magnánima, de maternal corazón.
2. Pobre mujer: Esta mujer, de seguro fue una mexicana real, histórica, sufriente, adolorida, quien para Juan Eudes y para nosotros hoy, encarna la imagen de tantas mujeres necesitadas en este país latinoamericano, imagen de tantas mujeres que piden socorro, que requieren misericordia, que viven en medio de tantas miserias. Es una mujer Necesitada. Esta mujer está muy emproblemada. La miseria de esta mujer es triple: está abandonada de su esposo, nadie le presta ayuda y ni siquiera siente la misericordia divina. Es un problema personal el que vive como mujer casada, es un problema social: nadie se compadece de ella, vive como sola en este mundo. Es un problema religioso el que vive: se encuentra como desamparada hasta del mismo Dios. A la Virgen le dice que si su madre biológica la viera en el estado en que se encuentra, de seguro la asistiría. El triple drama de esta mujer es el de tantas otras mujeres nuestras.
3. Oró a María, pidiendo socorro. Era una mujer que lloraba. Su oración era una súplica sentida, de dolor. Es que la mujer necesitada siempre llora, muchas veces sola, sin que nadie la vea, muchas veces frente a Dios esperando que la vea y se compadezca de ella. Esta mujer le lloró a otra mujer, a María, la Madre de los dolores, la que conoce el verdadero sufrimiento de las mujeres, la Madre de la ternura y de la misericordia.
4. Mi madre biológica me haría compasión. Si mi verdadera madre me viera en este estado tendría compasión de mí, dice la mujer a María. Ella arguye que no hay persona más compasiva que una madre para con su hijo necesitado. Así es Dios, un Padre-Madre misericordioso, que nunca nos olvidará: “Puede ser que una madre olvide al hijo de sus entrañas, pero yo no te abandonaré”. Esta mujer quiere convencer a María para que intervenga: si una madre humana sabe dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más la madre del cielo hará compasión a quien se lo pide. “Si ustedes, siendo malos saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más su Padre del cielo dará el Espíritu Santo (el consolador) a quien se lo pida”
5. Espero en tu corazón maternal: Pero esta mujer pobre, triplemente emproblemada, que llora y ora, es una mujer de esperanza, es una mujer de fe, es una mujer que le busca sentido a la vida, que se sabe digna, valiosa. Por eso se entrega al corazón maternal de María. De ella, la auténtica y verdadera mujer, espera una luz; de ella, la poderosa Madre de Dios, espera una gracia. Como en las bodas de Caná, se siente la esposa a la que se le acabó el vino… y quiere que María, siempre solidaria, siempre intercesora, interceda ante Jesús y logre de él el vino nuevo, el vino más sabroso.
6. Sintió consuelo, ánimo y alegría: Esta es la respuesta de María, mejor, de Dios. Nunca se ha visto, dirá san Juan Eudes, a nadie que haya acudido a María y haya quedado defraudado. Nadie ha sido defraudado por el amor y la misericordia de Dios. Esa mujer que comenzó quejándose, llorando, ahora canta llena de alegría, ahora tiene ánimo en su corazón. Esta es la respuesta que da María a la mujer mexicana que sufre.
NUESTRA SEÑORA DE LA CARIDAD CANTA HOY LA HISTORIA DE LAS MUJERES MEXICANAS
Esta respuesta de amor y misericorida la encuentro hoy encarnada en las Religiosas de Nuestra Señora de la Caridad. Ellas son un himno de júbilo, un himno a la mujer. Ellas han sido, durante sus primeros cien años, la respuesta que Jesús y María han querido dar a la mujer mexicana que sufre, que llora, que se siente explotada, marginada, necesitada de misericordia y de ternura.
En efecto, hace cien años llegaron a estas tierras, no sin intervención de san Juan Eudes, no sin la intercesión de la Santísima Virgen (Nuestra Señora de la Caridad), no sin el beneplácito del Padre de las luces, que es de quien procede todo don perfecto, no sin la inspiración sabia del Espíritu Santo. Hace cien años llegaron a estas tierras aztecas para ser un himno de alegría para todas las mujeres que lloran y están tristes, para ser un poco de esplendor y de limpieza para todas las mujeres que están a oscuras y enfangadas hasta el cuello, para ser una chispa de esperanza y de consuelo para todas las mujeres decepcionadas de este mundo de los hombres.
Creo que las Hermanas, ennorgullecidas por la misión que les confió el Señor a través de San Juan Eudes, pueden cantar con Juan Pablo II:
Te doy gracias mujer por el hecho mismo de ser mujer,
con la intuición propia de tu feminidad
enriqueces la compasión del mundo y
contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.
Me imagino la complacencia conque San Juan Eudes ve hoy su obra, nacida tan humilde y modestamente en un pueblito de Francia, extenderse por territorio mexicano.
!Cuán alegre estará Juan Eudes, defensor y promotor de la mujer en su época, que había dicho: “Una mujer virtuosa y prudente es un don de Dios” ! (OC IV, 37). Me imagino su complacencia al contemplar a sus hijas mexicanas, que durante cien años han venido promoviendo la dignidad de la mujer, asistiendo, brindando socorro y alivio, consuelo y ternura, a las mujeres heridas, como él lo hiciera en sus múltiples misiones, en Francia.
Me imagino la inmensa acción de gracias en que se encuentra sumergido, al celebrar con nosotros hoy, los cien años de su Instituto en México: cien años de hacer misericordia a los más desvalidos, como él lo hizo y lo enseñó en el siglo XVII: “Somos misioneros de la misericordia, enviados por el Padre de las Misericordias, a distribuir los tesoros de su Misericordia a todos los pobres, es decir a los pecadores, con sentimientos de amor, de compasión y de ternura”
De seguro hoy él celebra con gozo en el cielo el primer centenario de su familia religiosa en esta nación. Me lo imagino brindando con todos los ángeles y los santos, con Jesús y María, por la generosa entrega de todas las hermanas que durante todo este tiempo realizaron fiel, generosa y alegremente la misión encomendada.
En fin, hace 100 años suena un canto en México. No es una ranchera. No es José Alfredo. Es como un concierto a muchas voces. Son varias generaciones unidas en un concierto. Es un canto de alegría y de esperanza. Es una verdadera canción de amor. Su mensaje tiene tres siglos, aunque a decir verdad, la verdadera inspiración es de otra época, del siglo primero, cuando un humilde Nazareno pasó haciendo misericordia a todos y liberando a los poseídos por el diablo. Es un himno hermoso, sonoro. Es el himno a la mujer, llamado Nuestra Señora de la Caridad.
Sí, no hay duda, durante cien años, Nuestra Señora de la Caridad es un himno a la mujer mexicana. Le rogamos al Señor que su canto nunca se apague, sino que resuena cada vez más claro, más sonoro, más fuerte, y que se escuche en todos los rincones de este país hasta el final de los siglos, y las Hermanas, como la Virgen María, que aparece en el Evangelio de hoy, deben meditar todo esto, guardándolo en su corazón. Amén
Homilía del P. Carlos Triana, en el 100 aniversario de NSC en México,
En la Basílica de Guadalupe, el 16 de noviembre de 1999
